Vacaciones

7 kilómetros de maravilla

Acabo de volver de vacaciones. Tras una semana completita en Brasil, en el Balneario de Camboriú. Al volver a casita comienzan las reflexiones y las evaluaciones y en eso he estado toda la mañana. Que si me gustó, me preguntan en el trabajo. «Sí,» digo yo y me sorprendo al darme cuenta que no miento.

No me gusta la playa. Me gusta el mar, me gusta el viento, pero no me gusta la playa. Lo paso muy mal al sol porque soy paliducha y me quemo fácil (andar a lo langosta una semana no es entretenido). Por lo mismo, antes de viajar, me preguntaba qué cresta iba a hacer a Brasil. Yo. A Brasil. Pero la compañía era buena y no tenía más panorama y fui.

Decir que lo pasé increíble fue poco. Tengo una súper buena disposición cuando viajo: voy a todas partes, pruebo de todo para comer, paseo, carreteo, intento generar el menor conflicto posible y desarmar los conflictos potenciales. Así pude pasar una semana relajada (aunque cansadora), fortalecer lazos con gente a la que estimo y olvidarme de los problemas que pudiera tener en casa. ¿No es esa la definición más grande del descanso? No leer el diario, no ver las mismas caras de todos los días, escuchar otras voces, oler otros aires, echar de menos.

A pesar de estar alejado de las grandes urbes, Camboriú es un paraíso moderno. Hay de todo pero es piola, y poder ir a la playa a la 1 de la mañana y ver que está llena, sin problemas de delincuencia, gente adulta y niños jugando en la arena, en el agua, tomando caipirinha y jugos naturales, se agradece.  La gente es amable, te ayuda a llegar donde quieras y fuimos a hartos lugares. El Carnaval no se celebra con tanta fuerza ahí pero igual la gente camina contenta, bailando y cantando y esperando la pachanga donde pueda encontrarla.

Entretenido Brasil, lamento haber tenido tanto prejuicio contigo. Nunca más. Capaz que vuelva. 🙂