Hace un año

Mi abuela.

No tengo fotos con mi abuela. La única que se viene a mi mente es cuando yo tenía 6 años y nos llevó con mi mamá a Fantasilandia, día que casi terminó en tragedia porque me perdí. Una señora me encontró dando vueltas en el baño y me llevó de la mano afuera, donde me encontraron (supongo que retaron, no me acuerdo). Pero antes ese día, nos sacamos una foto juntas.

Tengo fotos de mi abuela. En Navidad, en la playa, recitando, cantando, cuando fue reina de su club de tercera edad, de ella en su juventud, en paseos por Chile.

Hace un año recibimos la llamada. La Telia se fue de un ataque al corazón. Mi abuela vivía sola en la punta del cerro, nunca se quiso venir a Santiago por más que mi mamá le rogó, y con el 18O, menos. Yo llevaba un par de años preparada mentalmente para cuando se fuera y supe entonces que tendría que ser el soporte emocional de mi mamá. La Nat ejecutiva que llevo dentro se lució y lo digo con orgullo ahora porque en ese momento fue el único modo en que supe funcionar.

Viajamos a la costa a buscar a mi abuela, en medio de toques de queda, fuerzas especiales por todas partes, servicios públicos que no funcionaban y mucha tensión y ansiedad. Mi mamá sólo quería terminar con el trámite, yo quería lo mismo por ella, entre medio nos tocó respirar e intentar mantenernos de pie en un ambiente tenso que nadie esperó tener que vivir.

Estuvimos tres días con la misma ropa porque ni eso se nos ocurrió llevar, pero también porque allá estaba todo cerrado y el toque de queda era mucho más temprano que en Santiago, no alcanzamos a volver. Se demoraron en entregarnos a la Telia, así que recién el 23 viajamos a Santiago a dejarla descansar en paz. Y lo logramos hermosamente.

Ese día, mientras velaban a la Telia, caminé hasta la playa para despedir a mi abuela que me crió. Lloré sola, despacio, pero sin culpa. Hace años que no nos veíamos seguido porque evitaba ir a verla, siempre iba para su cumpleaños y estaba lista para, en un semana más -el 27- cantarle por el número 90, pero no alcancé.

He intentado vivir sin tener arrepentimientos, en el ámbito que sea, y por eso no siento culpa por no haber tenido una relación más cercana con ella. Intenté mucho no odiarla por muchas cosas que hizo en su vida, cosas que repercutieron en la felicidad de la gente que más quiero. Creo que lo logré. Recuerdo las cosas bonitas o simpáticas, con mi mamá siempre hablamos de las cosas que la hacían enojar y ahora nos dan risa, pero era difícil vivir con ella, era difícil estar con ella. Espero que haya encontrado paz donde sea que esté.

Cada vez que veo nombre raros me acuerdo de ella, porque mi abuela se llamaba Vitelia y nadie se llama como ella. Cada vez que veo ñoquis me acuerdo de ella porque siempre me hacía ayudarla a hacerlos y me tocaba darles forma. Cada Navidad me acuerdo de ella porque hacíamos cocadas, galletas y postres. Cada vez que veo poesía me acuerdo de ella porque se sabía poemas larguísimos de memoria y hasta logró recitarlos en un programa de radio comunal cuando ya tenía como 70 años.

Mi abuela quería ser artista y no la dejaron. Ya de abuela logró dar rienda suelta a toda esa creatividad que no pudo dejar salir antes: pintaba, hacía flores de cerámica, cosía peluches para niños, iba a hogares de ancianos a cantar y recitar, bordaba, tejía a crochet (aunque nunca me quiso enseñar), cocinaba exquisito y la gente la quería mucho. Era terca, dura, directa pero también era el alma de la fiesta.

La Telia trabajó siempre de cocinera en casas del barrio alto y para que a mi y a mi hermano nunca nos pasaran a llevar nos obligó a aprender inglés cuando yo tenía 12 años. Siempre nos contaba cómo los gringos la trataban mal en otro idioma y ella no entendía, pero fue aprendiendo y después podía contestar, en chileno pero contestaba. Gracias a ella aprendí otro idioma. Le debo todas las puertas que eso me ha abierto en la vida.

La última vez que la vi fue en el invierno, fui a verla por el día y ya se veía cansada, de hecho durmió toda la tarde. La abracé muy fuerte y me sonrió como pocas veces lo hizo en vida, así nos despedimos, con la promesa de volver a vernos pronto. Me he despedido de dos personas estando segura que es la última vez, pero con mis abuelas no fue así, con ninguna; de verdad no sentí que fuera la última vez con la Telia.

La última vez que la sentí fue el viernes después que murió. Me vino a ver a mi casa. Esa noche tenía junta de juegos y estuve bien todo el día. En la tarde sentí su olor y no podía descubrir qué cosa en mi casa olía a ella: ropa, almohadas, mochila. Nada. Pero era el mismo olor de su casa. Llegaron mis amigos y me quedé sin energía, apenas podía mantener los ojos abiertos, me hablaban y no respondía, nunca me había sentido así, como una pila vacía.

De pronto sentí un agarrón muy fuerte en el hombro izquierdo que me hizo saltar de mi asiento, lo sentí en la piel, en el hueso. Mis amigos se fueron y me envolvió el miedo, porque miedosa siempre he sido. Llamé a mi mamá y le dije que la Telia había venido, estaba segura que era ella. Lloré media hora al teléfono mientras mi mamá me aseguraba que me echaba de menos, que por eso estaba acá pero que no me iba a hacer daño. En el fondo yo lo sabía pero tenía tantas emociones dentro que me dormí llorando. Y nunca más volvió.

Hace un año que mi abuela murió, era la última que me quedaba y con ella se fue una parte importante de mi vida, aunque ya no estaba tan cerca físicamente. Fue un alivio y un descanso, para todas. Doy gracias ahora que se fue bien, tranquila, porque quizás ni hubiésemos podido despedirla de haberse ido en pandemia. Pero se fue bien, en sus propios términos. Tal como vivió.

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